A veces necesitamos que la persona a la que amamos nos siga diciendo aquellas pequeñas cosas sin importancia que nos decía al principio de conocernos. El amor necesita siempre mantenerse como una vela encendida. Es fácil contentar al otro. Sólo necesitamos hacerle sentir vivo. Que haya complicidad entre los dos.
En tiempos complejos como el que estamos viviendo, necesitamos de creatividad, poesía, risas e imaginación para conectar con la persona a la que queremos.
Cuando estuve de vacaciones en Estambul a las orillas de Bósforo, se me ocurrió una historia que empieza así:

Todo llega cuando menos te lo esperas
Varias gaviotas sobrevuelan el puerto de Anadolu Kavagi. El barco fondea el pequeño muelle de madera después de una breve travesía por la costa del mar Negro.
Al llegar, lo primero que hacemos, mi hija Sara y yo, es reponer fuerzas en la tienda de comestibles. Dos paquetes de barritas de pan con sésamo y una botella de agua sin gas.
Subimos.
En lo alto de la colina nos salen al paso varios perros flacos y huesudos. Sara quiere unas fotos en lo alto del cerro para subir a Instagram.
Un castillo amurallado medio en ruinas, se esconde entre los brezos.
Bajamos a la vez que un perro hambriento de pelaje pardo. A su lado, una chica japonesa no quiere pasar porque le asusta el pobre animal. Sara la tranquiliza con unas palabras en inglés:
- Don´t worry. It´s harmless - le explica apartándose el pelo de la cara.
Seguimos el camino hacia la terraza del restaurante. Las vistas son agradables. Y mientras mi hija me riñe, como tantas otras veces, por mis despistes, un chico rubio no deja de mirarla.
Nos reímos mucho al darnos cuenta que no nos queda mucho tiempo para comer. El barco sale dentro de cuarenta y cinco minutos y no sabemos si tendremos tiempo de tomar bocado.
Sara sigue sin percatarse de cómo el la observa. En apariencia es un joven atractivo, algo delgado y con cabello ondulado. ¿Será inglés o danés?, nos preguntamos.
Empezamos a comer. Yo devorando la comida porque el tiempo apremia y mi hija, como siempre, con sus buenas maneras, reprendiendo mi manera de comer.
Él se acerca y se dirige a ella.
- Excuse me. Do we Know each other?- le dice el guapo chico rubio.
- Sorry¡ - exclama Sara sorprendida.
- I don´t Know. I don´t remember seeing you before- dice ella con una sonrisa nerviosa.
Él la mira directamente a los ojos, diciéndole:
- Don´t you remember we met in Oslo? You asked me about the Munch museum.
Aquel chico la ponía nerviosa.
Él la mira de nuevo y se resiste a irse. Sara le contesta que no lo recuerda, pero que sí, qué es verdad, ella ha estado en Oslo apenas hace unos meses.
Omar Lundberg, es así como se llama, es de Olso. El azul de sus ojos es tan claro que Sara se resiste a alejar su mirada de ellos.
Nos cuenta que ha llegado hace unos días a Estambul invitado a una boda de unos amigos adinerados turcos. Ha estado dos días alojado en uno de los edificios de estilo renacentista más caros y bonitos situado a la orilla del Bósforo. Han sido dos días increíbles con un gran banquete nupcial y baile durante toda la noche.
Mientras habla deposita su mirada en los bellos ojos color trigo de Sara.
- ¿Qué está pasando ?- se pregunta Sara ¿Será este chico la persona que estaba esperando desde hace tanto tiempo?
Miramos el reloj y nos sobresaltamos al ver la hora. Nos levantamos rápidamente y nos despedimos de Omar, dándole la mano , sin apenas haber comido. Pagamos y empezamos a correr hacia el puerto.
Para nuestra sorpresa, el nos sigue en nuestra desesperada carrera ladera abajo. También a él se le escapa el barco.
Sin apenas aliento, llegamos a escasos minutos de que partiese el catamarán. Sara tiene una extraña sensación. A través de una pasarela de madera el barco espera.
¿Es casualidad que un hombre tantas veces soñado aparezca en este momento de su vida?
No, no hay casualidades. Todo pasa por algo.
Más tarde, durante la travesía de vuelta al hotel, Sara se vuelve a encontrar con Omar en la cubierta del catamarán.
Ella al verlo piensa:
- ¡Madre mía que tiene este hombre que no puedo apartar la mirada de él! ¡Cuánta luz en su mirada!
Sara necesitaba creer en algo. Nunca dejaría de creer.
- ¡Eso nunca! - pensó Sara
El camino hacia el pequeño hotel donde estábamos hospedadas lo hicimos a través de callejuelas atestadas de gente que desde el puerto intentaban coger el tranvía que nos llevaba a la parte alta de la ciudad.
Apretadas como sardinas en lata no nos percatamos que unos metros más atrás estaba el guapísimo Omar que no le quitaba ojo a Sara.
Ella al percatarse de su presencia se sintió a la vez incómoda y halagada.

Este pequeño relato lo escribí en junio de 2023. Ha llovido mucho desde entonces pero tengo una amiga, Bea, que me dijo que de todo lo que he escrito, lo que más le gustó es esta historia de Estambul. Me he prometido a mi misma, que la voy a terminar cueste lo que cueste y la convertiré en un libro. Puede que mis expectativas sean muy avariciosas pero me voy a arriesgar. Lo he prometido y lo voy a cumplir. ¡Qué sea por ti Bea!
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