TODO LLEGA CUANDO MENOS TE LO ESPERAS Varias gaviotas sobrevuelan el puerto de Anadolu Kavagi. El barco fondea en el pequeño muelle de madera tras una breve travesía por la costa del mar Negro. Al llegar, lo primero que hacemos, mi hija Sara y yo, es reponer fuerzas en una tienda de comestibles: dos barritas de pan con sésamo y una botella de agua sin gas. Subimos. En lo alto de la colina nos salen al paso varios perros flacos y huesudos. Sara quiere hacerse unas fotos para subirlas a Instagram. Entre los brezos se esconde un castillo amurallado, medio en ruinas. Más tarde bajamos acompañadas por un perro hambriento de pelaje pardo. A su lado, una chica japonesa duda en pasar, asustada por el animal. Sara la tranquiliza con unas palabras en inglés: —Don’t worry. It’s harmless —le dice, apartándose el pelo de la cara. Seguimos el camino hacia la terraza del restaurante. Las vistas son agradables. Mientras mi hija me riñe, como tantas otras veces, por mis despistes, u...
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